¿Quién controla a quién?

Share
¿Quién controla a quién?

Algo que he confirmado cada vez más es el inmenso poder que tiene la mente y cómo resulta clave en nuestra vida. Puede que suene como una afirmación obvia —y lo es—, pero a menudo, lo más obvio es lo que primero pasamos por alto. Así sucede con nuestra mente: sabemos el poder que ejerce sobre nosotros, pero ¿qué hacemos al respecto?

Hace un tiempo, me hice una pregunta que cambió la forma en que me enfrento a este dilema: ¿Mi mente me controla a mí, o yo controlo a mi mente?

Por inercia, la respuesta automática podría ser que ella nos controla y, por ende, estamos destinados a sentir lo que ella dicta. Pero, con esa idea sobre la mesa, surge una segunda pregunta, aún más importante: ¿Quiero sentir lo que mi mente quiere, o lo que yo realmente elijo sentir?

Lo que he leído apunta a que la mente es perezosa por naturaleza; siempre busca el camino de menor resistencia para hacer su trabajo más fácil. Cuando anticipa una situación conocida, recurre a un "kit" de reacciones que ya tiene guardado. Si sucede A, B o C, reacciona de una manera específica y automática. Ese "kit" se compone de emociones, sensaciones y protocolos estrictos.

Pero, ¿de verdad quiero responder siempre de la misma forma? ¿Quiero sentirme igual en las mismas situaciones, una y otra vez? Tu mente te dirá: «Sí. Ya me aprendí el guion y es lo más fácil y conveniente para ambos» (bueno, más conveniente para ella, claro).

Es en este punto cuando me digo a mí mismo: "No quiero que mi mente me controle, quiero controlarla yo". Sin embargo, tomar esta decisión equivale a sentir dolor. Sí, dolor. Porque en el momento en que digas "ya no quiero sentirme así", tu mente se rebelará. Te dirá: «No, así no son las cosas. No estoy cómoda trabajando de esta forma» y te empujará hacia atrás. Sentirás miedo, te frenará y parecerá que todo va a caerse a pedazos. El pensamiento paralizante será: "Quizás las cosas están mal ahora, pero si intento cambiarlas, mañana todo estará peor".

Pero hay una verdad innegable: si cambiamos nuestras acciones, nuestra mente se ve forzada a aprender nuevas respuestas. Sí, algunas personas se irán y las cosas cambiarán. Nada será como antes, pero se abrirán nuevas posibilidades para sentirte mejor: espacios para nuevos vínculos, nuevas actividades y nuevos hábitos que nutran tu ser.

Y es probable que mañana vuelva a enfrentarme a esas mismas situaciones que antes me causaban dolor o me limitaban. La diferencia es que ahora, la respuesta ya no será automática. Ya no seré prisionero de una emoción que me impedía ser yo mismo.