La solución es más obvia de lo que parece.

Share
La solución es más obvia de lo que parece.

Algo que se robó mi atención fue la fascinación que tenemos por querer automatizar todo, lo más que se pueda. ¿Con qué fin? Para poder hacer foco en "lo que realmente importa". Y ¿Qué es lo que realmente importa?

En esa búsqueda incansable de automatizar, logramos muchos avances tecnológicos que realmente nos han facilitado la vida. Pero hay algo oculto en esa "vida más fácil": el tiempo libre que queda luego de automatizar la tarea. Básicamente, apretamos un botón y lavamos la ropa, apretamos otro botón y tenemos el café listo. Automatizamos hasta tal punto que chocamos con la misma pared una y otra vez, y seguimos creyendo que hacemos las cosas de manera diferente. A veces pareciera que vivimos en un piloto automático constante.

Esta conducta, a mi parecer, hace que dejemos de prestar atención a los procesos y nos centremos en los resultados. Yo no tengo que pensar en cómo lo hago, solamente en lo que quiero. Pero ¿es el problema que creo tener el que realmente hay que resolver? El problema parece obvio, pero muchas veces la raíz no la vemos.

Vivir en piloto automático es una oda a la obviedad. Es la manifestación en su total expresión de lo obvio en nuestras vidas. El piloto automático es el que me lleva y me trae, el que no me hace pensar en que para caminar es un pie y después el otro. El que me hace reaccionar de la misma manera cuando me preguntan por algo que me dolió en el pasado.

La mayoría de los problemas no son nuevos: son manifestaciones diferentes de los mismos procedimientos. Nuestra mente, como buen "automatizador" de actividades, busca estandarizar rutinas para dar lugar a nuevas, en las cuales tengamos que hacer un esfuerzo más grande. Por ende, una rutina que entra en piloto automático ya no se cuestiona con el pasar del tiempo: se convierte en algo obvio, al punto de volverse parte de nuestra identidad. Se pueden cuestionar sus resultados y buscar agregar soluciones, pero la mayoría de las veces no vemos como problema principal su verdadero origen, ya que ese proceso equivaldría a cuestionar nuestra propia identidad.

No cuestionamos lo que pensamos o hacemos por inercia, por haber estado siempre ahí; no pensamos en cambiarlo, pensamos en cambiar el entorno para bajar la fricción con nuestras costumbres. Bajémoslo a un caso concreto: ¿qué es más fácil, gastar menos o ganar más? Pongámonos en una situación en la que nuestra situación financiera es crítica y los números no dan. La mayoría busca ganar más dinero, y la clave allí no es ganar más, sino usar lo que ya se tiene de manera más estratégica para no recargar lo que ya está roto. Pero la búsqueda de mantener un estilo de vida, una identidad propia ligada al dinero, hace que la solución sea buscar un capital que cubra lo que ya se está gastando, antes que reducir para adaptarse a lo que ya se gana. Implica cuestionarse a uno mismo, más que culpar al entorno.

No todo lo nuevo es malo ni todo lo viejo funciona: la constante evolución es lo que nos hace avanzar y romper barreras. Y cuando hablo de evolución constante no significa cambiar siempre, significa pulir, perfeccionar. Porque cambiar todo el tiempo hace una vida inconsistente y sin un destino claro.

Pero para poder seguir, primero hay que preguntarse: ¿qué es lo que realmente importa? Es una pregunta que solo podremos responder cada uno de nosotros; nuestras necesidades y objetivos nos van a decir "es por ahí". Por eso, a veces la mejor solución no es agregar más soluciones innovadoras, con complejas implementaciones o pasos a seguir. Simplemente es mirar lo que ya está, lo que está pasando ahora. No es mirar hacia afuera, es mirar hacia adentro. Es cambiar el piloto automático por modo manual, buscar ser consciente de lo que se está haciendo. La solución es más obvia de lo que parece.