Lo obvio también se equivoca
Hay algo que me incomoda cada vez que lo escucho. No sé si es molestia, pero me rechina los dientes. Es esa sensación que aparece cuando estás conversando con alguien, analizás una situación, te tomás el tiempo de pensarla… y del otro lado, sin pausa, te responden:
“Obvio.”
En ese instante, mi cara pasa de pensativa a completamente en blanco. Poker face. Porque si era tan obvio, ¿por qué nadie me avisó antes? Me ahorraba el trabajo de pensar. Y si el problema era tan evidente, ¿por qué seguimos trabados en él?
Esa palabra tiene algo particular. Cuando aparece, parece apagar una parte de la conversación. Como si, en una fracción de segundo, el interés se disolviera.
Según la RAE, “obvio” es aquello que es claro o que no presenta dificultad. Pero cuando respondemos con un “obvio” ante una duda o una preocupación, lo que hacemos —muchas veces sin notarlo— es minimizarla. Cerramos la puerta a algo que quizás necesitaba ser mirado con más atención.
Y lo curioso es que no solo lo hacemos con los demás. También lo hacemos con nosotros mismos. Nos decimos: “Esto es así, punto.” O “es obvio que pasa X porque pasa Y.” Y ahí nos detenemos.
Lo “obvio” nos convence de que no hay nada más que explorar. Que todo ya está resuelto. Pero no siempre es así. A veces, el problema no está en lo complejo, sino en lo simple que pasamos por alto.
Me pregunto cuántas veces resolvemos algo en apariencia, atacando el resultado en lugar de la raíz.
También pasa cuando intentamos describirnos. Damos por hechas cosas —buenas o malas— y seguimos adelante. Nuestra forma de hablar, de vestirnos, de pensar. Las tratamos como verdades cerradas, como si ya no hiciera falta revisarlas.
Durante años pensé que era obvio que hablar en público me daba vergüenza. Era “mi forma de ser”. Lo acepté sin cuestionarlo demasiado. Hasta que un día me detuve. Y entendí que no era vergüenza. Era miedo. Miedo a no saber cómo expresar lo que pienso, a equivocarme, a hacer el ridículo. Y ese pequeño cambio de mirada… no fue tan obvio.
Quizás el problema no es lo obvio en sí, sino lo que dejamos de ver cuando lo damos por cerrado.
Como cada Navidad, quien arma su arbolito tiene que desenredar las luces. Pareciera que se enredan solas, en una pelea silenciosa que ocurre durante el año. Las acomodamos, las usamos, y después las guardamos rápido, con la idea de “después veo”.
Y cuando llega el momento, volvemos a lo mismo: frustración, tiempo perdido, el mismo nudo de siempre.
Sabemos que va a pasar. Es evidente. Pero igual lo dejamos para después.
A veces, eso que damos por evidente termina complicándolo todo. Como cables enredados que nos impiden ver más allá del problema inmediato.
Ver lo obvio, de verdad, requiere algo más difícil: estar presentes. Prestar atención a lo que hacemos, a lo que pensamos, a lo que damos por hecho.
Y eso —creo— es lo menos obvio de todo.